domingo, 21 de febrero de 2016

Homilía y Reflexión. Mons. Ricardo Guerra.

La oración es la mejor manera que tenemos los humanos para comunicarnos con Dios
Gen. 15, 5-12.17-18     -     Fil. 3, 17-4,1
Lc. 9, 28-36

El segundo domingo de Cuaresma nos presenta la Transfiguración del Señor. Superada la prueba del desierto, del domingo pasado, Jesús asciende a lo alto de una montaña para orar. El escenario de la primera lectura y el evangelio suponen soledad. El desierto, nos refiere la primera lectura, la montaña la segunda. Abraham está en el desierto, que si es imponente de día, mucho más lo es de noche. Las dudas corroen su interior. Le duele su esterilidad. Le preocupa la falta de continuidad de su familia. Tiene una atractiva esposa, bien lo sabe, y extenso ganado, pero le falta descendencia. La queja en su interior es a Dios.

El evangelio nos dice que Jesús se retiró a orar a un monte con los apóstoles. Hay tantas clases de oración como personas orantes, aunque tradicionalmente hablemos de oración vocal y oración mental, oración de alabanza y oración de petición, oración comunitaria y oración personal, etc.

La oración es la mejor manera que tenemos los humanos para comunicarnos con Dios. Sin oración no hay propiamente religión, o mejor, expresión religiosa. Pero lo que quizás quiera decirles ahora, al comentar este texto evangélico de la transfiguración del Señor, es que la oración debe terminar siendo siempre un instrumento de transformación y transfiguración religiosa. Una oración que no nos cambie por dentro tiene poco sentido y poco valor. La oración debe ser siempre un acto de comunión y comunicación con Dios, porque en la oración de alguna manera somos habitados por Dios. No oramos tanto para que Dios nos escuche a nosotros, sino para que nosotros escuchemos a Dios. En la oración debemos pedir transformarnos nosotros en Dios, no que Dios se transforme en nosotros. Oramos para que nosotros seamos capaces de aceptar y hacer la voluntad de Dios, no para que Dios se adapte y haga nuestra voluntad.

Una persona orante debe, además, manifestar en su vida ante los demás que es una persona habitada por Dios, imagen de Dios, hijo de Dios. La oración, además de tener una función transformadora de nuestro yo personal, debe tener una función evangelizadora ante los demás. La oración, como venimos diciendo, debe transformarnos por dentro y transfigurarnos por fuera ante los demás. Así es como vieron los apóstoles a Jesús, cuando Jesús oraba en lo alto del monte Tabor. En el Tabor los tres apóstoles vieron a Jesús como el Hijo de Dios, al que hasta entonces sólo habían visto como el “hijo del hombre”.

¿Cuál debe ser nuestra actitud ante esta manifestación de la divinidad de Jesús?  Su transfiguración, entre otras cosas, nos invita a ir más allá de lo superficial. La voz que sale de la nube nos lo dice: ¡Escuchadlo! Abram escuchó la voz de Dios y creyó en su promesa: una descendencia como las estrellas del cielo y una tierra como posesión suya. Abrahán escuchó y aceptó la alianza con Dios.
La gran tentación es quedarse quieto, porque en la montaña "se está muy bien". Hay que bajar al llano, a la vida diaria, de lo contrario la experiencia de Dios no es auténtica. No podemos refugiarnos en un mero espiritualismo que se desentiende de la vida concreta. Somos ciudadanos del cielo, pero ahora vivimos en la tierra y es aquí donde debemos demostrar que Dios transforma nuestro cuerpo humilde y nos hace vivir como hombres nuevos y transformados. Ser cristiano implica, además, ser fuerte con todas las consecuencias en la lucha de nuestros ideales hasta la misma muerte. Pero, como Pedro, Santiago o Juan, preferimos una fe entre algodones. Sin demasiadas exigencias. Y es que, con frecuencia, optamos por el camino fácil.

Reflexionemos en la quietud de nuestro hogar, en la intimidad de nuestro rato de oración, con lo que nos ofrecen las importantes lecturas de hoy. Hay en las tres una conexión entre vida temporal y eternidad. Ello parece un poco lejano dentro de lo que vivimos nosotros, inmersos en la mediocridad de una época cada vez más material y chata. Pero se nos muestra en la Escritura. Conviene, pues, seguir preparándonos, la cuaresma es tiempo de amor y de preparación. No lo olvidemos.

Que este Año de la Misericordia nos ayude a descubrir el acto más sublime, prodigioso, radical y gratuito de Dios a la humanidad: Cristo. Aunque, seguirle, duela.